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Tobi
04-Dec-2008, 20:37
Preambulo
Para conocer las causas que provocaron la convocación del Concilio de Constanza hay que retrotraerse al Concilio de Pisa.

En aquella época existían dos Curias Pontificias, la de Aviñon y la de Roma lo cual hacían dificil una solución al cisma. Cada sede elegía a sus papas, atenta a su propia continuidad. A Urbano VI sucedió Bonifacio IX en 1389 en Roma. En Aviñon, el español Pedro de Luna, con el nombre de Benedicto XIII, sucedía a Clemente VII, en 1394.

Durante 40 años, Europa se vió sumida en este estado de cosas. El vaiven de los intereses políticos hacía que los reyes se inclinaran alternativamente por un papa u otro. Los mismo sucedia con los eclesiásticos. La Universidad de París, sede de la teología y el saber, preocupada por la lamentable condición de la Iglesia, propuso en 1394 que los dos papas abdicasen al unísono y que se procediera a la convocación de un Conclio para soluicionar los problemas que la Cristiandad tenía planteados.

La abdicación de los dos papas no era cosa fácil. Cada cual se aferraba a su puesto y todos los intentos de negociación resultaron fallidos. Pero, a medida que transcurría el tiempo hasta los mismos cardenales de ambas Curias llegaron a sentirse hastiados por la situación imperante. Gracias sobre todo a la presión ejercida por hombres como Gerson, de la Universidad de París, acabó por imponerse la idea concliar y en 1409 se reunía en Pisa un concilio general.

El día 23 de marzo se inauguró el concilio tan esperado y en el que toda Europa tenía puestas sus miradas. La asistencia fué grande y completamente representativa: Veinticuatro cardenales de las dos obediencias (catorce del partido romano y diez del aviñonés); cerca de un centenar de obispos; más de cien procuradores de obispos ausentes; veintisiete abades; los cuatro generales de las órdenes mendicantes; doscientos veinte de abades; varios centenares de doctores en teología y derecho canónico y legados de la mayoría de cortes europeas.

Presidió el concilio el único cardenal creado con aterioridad al Cisma, Guy de Maillesec. El arzobismo de Milán, Pedro Filargi, pronunció el discurso inaugural basado en el texto de Jueces 20:7 "He aquí todos vosotros sois hijos de Israel; dad vuestro parecer y consejo". En la primera sesión se leyó un escrito de citación por el que se requería la presencia de los papas rivales a quienes se llamaba, sin embargo, por tan sólo sus nombres: Pedro de Luna y Angel Corrario. No era más que puro formalismo repetido, no obstante, en todas las sesiones hasta el 30 de marzo en que tanto el pontifice de Roma como el de Aviñón fueron declarados contumaces por no comparecer delante de la asamblea ecuménica. El concilio creó un tribunal para arbitrar en la cuestión del Cisma, hizo la fusión de los dos colegios de cardenales y recusó la obediencia a los dos papas rivales.

Segun Saba-Castiglioni, Historia de los Papas, Vol. II, p. 86 (historiador católico) En las sesiones celebradas el mes de mayo se declaró públicamente la condena de Gregorio XII y Benedicto XIII, acusados de herejía y cisma:
"Pedro de Luna y Angel Corrario, herejes y cismáticos, quedan despojados de todas sus dignidades y excluidos de la comunión de la Iglesia, y los fieles son exonerados de la obediencia a los mismos". Parecía como si, por fin, la cristiandad tuviera resueltos sus problemas. En Pisa no había más que alegría y todos se congratulaban, sinceramente convencidos de que la unidad y la paz de la Iglesia estaban ya logradas. Esta falsa ilusión, sin embargo, en vez de centrarse en la necesaria reforma, malogró todo el esfuerzo conciliar. En lugar de aplicarse a la inmediata búsqueda de medidas reformistas, el concilio solamente actuó con prontitud para elegir un nuevo Papa. Aunque todos los cardenales de Pisa firmaron el documento por el que comprometían a continuar el concilio si salían elegidos, el nuevo papa Alejandro V tuvo prisa en aplazarlo hasta los próximos tres años, con el pretexto de llevar a cabo las reformas tan esperadas y nunca realizadas. Esta medida, de hecho, acabó tanto con el concilio como con la reforma. Y el único resultado de la asamblea de Pisa fue que en vez de dos papas, la Iglesia contaba a partir de entonces con tres, pues ni el aviñonés ni el romano reconocieron las decisiones del concilio

Conclusión:
Lo que resulta ridículo son los alegatos de algunos manuales catolico-romanos al decir que el concilio de Pisa fue ilegal por no haber sido convocado por ningún papa. Entonces -como he remarcado continuamente- con el mismo rigor lógico, deberían tener por ilegales a los ocho primeros concilios generales.

Tampoco es de recibo el reparo de Jedín cuando afirma que "La base jurídica del concilio de Pisa era de lo más insegura por el mero hecho de que por lo menos los cardenales convocantes de una obediencia no podían ser legítimos". De lo que se olvida Jedín es que estos mismos cardenales eligiría luego ( y no solo ellos como veremos más adelante) en Constanza al papa que finalmente acabaría con el cisma y sería reconocido definitivamente por el catolicismo romano. Por otra parte, resulta difícil de justificar la ilegalidad del conclio de Pisa si tenemos en cuenta que al mismo asistieron la mayoría de prelados y representantes eclesiásticos de la Cristiandad, tanto del bando romano como del aviñonés.

Cinco años mas tarde se inauguró el concilo de Constanza, que determinó si el Conclio estaba por encima de los papas o los papas por encima de los concilios.

Continuará.

Tobi
05-Dec-2008, 21:26
2ª Parte

El Concilio de Constanza

Antecedentes históricos.

Alejandro V, el papa del concilio de Pisa, vivía bajo la influencia del astuto cardenal Baltasar Cossa, el cual aspiraba acceder a la suprema jerarquía eclesiástica y esperaba obtenerla después del pontificado de su válido. Pero era un hombre impaciente y el papa murió en 1410 y Saba─Castiglioni, en su Historia de los Papas. Vol. II Pág. 88 afirma que con la sospecha de haber sido envenenado por el propio Cossa quien le sucedió como papa conciliar, tomado el nombre de Juan XXIII.

Con respecto a estos dos papas hay un detalle curioso. El de que sus efigies figuran en la serie de papas representados en los mosaicos de la basílica de San Pablo en Roma a pesar de que los modernos autores católicos no les consideran papas legítimos. Pero lo cierto es que los prelados posteriores al concilio de Pisa sí les consideraron legítimos. Así, los “arreglos” del catolicismo oficial posterior no pueden destruir los hechos históricos grabados sobre piedra.

El nuevo pontífice era más hombre de espada que de bá****, cosa por lo demás no demasiado insólita en los prelados de aquel tiempo. Incluso fue un salteador de caminos en su juventud. Todos los historiadores están de acuerdo en retratarle como u redomado vicioso y lleno de ambición. Según afirma K. S. Latourette en su Historia del Cristianismo, Vol. I, p. 737. Sus contemporáneos no vacilaban en designarlo como “el peor y más pervertido hombre que pueda hallarse” y el papa romano Gregorio XII decía de él: “Hijo de la perdición y alumno de la impiedad” Hombre hábil en la intriga era completamente inepto en las cosas del espíritu”.

Este angelito en 1412 se vio obligado a convocar el concilio prometido en Pisa por su predecesor. Lo convocó a celebrarse en Roma, pero el muy ladino tomó las medidas para que sus compañeros de fechorías vigilasen los caminos que conducían a Roma, consiguiendo así que los pocos obispos italianos reunidos en Roma no cumplieron el forum necesario que se acordó en Pisa. De esta manera evitó celebrar la asamblea conciliar.

El Emperador Segismundo convoca el concilio de Constanza.

Europa estaba cansada del cisma. El nuevo Emperador alemán Segismundo (1410─1437), proclamado poco después de la subida de Juan XXIII al trono del papado pisano, recogió el sentir de gran número de teólogos, canonistas y prelados y convocó el 30 de octubre de 1413 un concilio ecuménico a celebrarse en Constanza el año siguiente. Emulando a los sucesores de Constantino, se creyó en el deber de poner fin a los problemas religiosos mediante un concilio convocado y celebrado bajo su égida, renovando así la antigua tradición en que los concilios ecuménicos eran convocados por el emperador romano más bien que por los obispos. Por un momento, Occidente parecía volver a épocas muy anteriores a Hildebrando (Gregorio VII). Pero la historia se encargaría de demostrar que no era así y que el romanismo no tenía más salida que la Reforma Luterana.
La invitación lanzada por Segismundo halló pronto franca acogida. Las universidades se pusieron inmediatamente a trabajar en pro del concilio. A ellas en general, y a Gerson en particular, se debe la pujanza que, pese al fracaso de Pisa, la tarea conciliar había adquirido. La superioridad de la Iglesia universal sobre el Papa volvió a ser expuesta de manera inequívoca. La figura de Juan XXIII, por su parte, acababa de desprestigiar al Papado y el cisma era visto como una plaga de la que solamente podría librarse la Cristiandad mediante un concilio general.
Juan XXIII, aliado de Segismundo en sus luchas contra Nápoles, no tuvo más remedio que ceder, a pesar de las intrigas que manejó para evitar la celebración de la asamblea conciliar. Para granjearse las simpatías de Segismundo y el reconocimiento del próximo concilio, ladinamente se apresuró a dar su conformidad al mismo. En diciembre de 1413 publicaba una encíclica convocando una asamblea ecuménica que sería continuación de la de Pisa. Pero la convocatoria real fue la de Segismundo el cual, además, citó a los tres papas a comparecer ante la asamblea ecuménica.

Continuará

Tobi
06-Dec-2008, 09:03
3ª parte.

- Triunfo del conciliarismo

El 16 de noviembre de 1414 quedó inaugurado el Concilio de Constanza el cual según K. S. Latourette, en la obra citada, afirma que fue “el más ampliamente representativo de la Iglesia jamás reunido en la Europa Occidental”. Se dieron cita en el mismo más de 18.000 clérigos y gran número de príncipes, nobles y profesores de universidades. Además de los 29 cardenales, acudieron 150 obispos, 33 arzobispos, 3 patriarcas y 300 doctores en teología con sus séquitos respectivos. El Emperador Segismundo asumió la representación de las naciones europeas, inclusive la del Emperador de Constantinopla, Manuel II Paleólogo.
Pedro d’Ailly y Juan Gerson fueron el alma del concilio. En la base de todas sus decisiones colocaron los cimientos de las doctrinas conciliaristas. Lograron imponer como principio general que el concilio era supremo en todos los aspectos y competente por lo tanto para destituir a los tres papas si era necesario. El papado debía quedar ligado y sujeto al concilio, pasando a ser éste, como en la Iglesia episcopal antigua, la suprema autoridad eclesiástica. Se trataba de introducir en la Iglesia Occidental el antiguo derecho conciliar, todavía vigente en Oriente pero que pugnaba con las más modernas teorías papales. Gerson, d’Ailly, Zarabella y otros conciliaristas denunciaron la acumulación de autoridad y privilegios perpretada por la sede romana. Sostenían que era imposible cualquier reforma de la Iglesia si el papa continuaba apropiándose los derechos de los metropolitanos, de los sínodos, de las iglesias nacionales, y de los antiguos poderes de los emperadores y reyes francos.
“A consecuencia de la avaricia de los clérigos, de la simonía, y del afán insaciable de poder de los papas ─afirmaba Gerson─ la autoridad de los obispos y de los sacerdotes ha desaparecido completamente. Se han convertido en meras figuras de la iglesia, casi superfluas. (Citado por Döllinger, El papa y los Concilios. P. 180 ─version inglesa─)
Se adoptó el sistema de votación por naciones. Los representantes de cada uno de los grupos de países se reunían previamente y deliberaban en asambleas separadas, llevando a las sesiones plenarias las resoluciones acordadas. Este procedimiento tendía a evitar la preponderancia de los obispos italianos, principales partidarios del sistema papal absoluto. Cabe tener presente que la corrupción de la Iglesia había penetrado en Italia con más fuerza que en ninguna otra parte y era sabido de todo el mundo que los obispos italianos se distinguían por su oposición a cualquier medida de reforma.

Y ahora una de las mayores novedades de aquel concilio: La concesión de voto tanto a los laicos como a los eclesiásticos. Eso se debió a la influencia de las universidades. Pero no es menos cierto que la concesión de voto a los laicos representó una verdadera democratización. Así se muestra que este fue un principio basado en las teorías conciliares.

Juan XXIII se percató que, con aquellas novedades, su esperanza de ver ratificada su dignidad papal se esfumaba totalmente. La propuesta de la abdicación de los tres papas tenía cada vez más partidarios y si a eso le añadimos que estaba saliendo a la luz su pasado y su presente de vergüenzas inconfesables lo tuvo claro. Si bien es cierto que prometió abdicar si los otros papas hacían lo mismo, no es menos cierto que todos captaron lo forzado de su declaración.
Supo que la tormenta caería sobre su cabeza y el 20 de marzo de 1415, usando un disfraz, huyó de Constanza.

Refugiado en el ducado de Austria, con cuyo señor había concertado un pacto, Juan XXIII denunció la validez del concilio. La conmoción fue épica y la reacción del emperador, rápida. Tan solo tres días después de la deserción de Juan XXIII, Gerson y con el amparo de Segismundo pronunció un vibrante discurso en el que afirmó de manera inequívoca que el concilio era representativo de la Iglesia entera y que, consecuentemente, todos los fieles incluyendo al papa, debían prestarle obediencia. Así, el concilio no puede ser disuelto arbitrariamente por el papa sin el consentimiento de los padres conciliares, pues la unión de Cristo con su Iglesia, decía, representada en el concilio, es indisoluble; no así la del papa.

Continuará
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Tobi
06-Dec-2008, 19:51
IV.- Entrega

El concilio siguió con su tarea y es sus sesiones cuarta y quinta decretó:
“Los concilios ecuménicos, representando a toda la Iglesia, derivan su autoridad directamente de Cristo y todo cristiano está obligado a obedecerlos, incluso el papa, en todo lo tocante a la fe, la extirpación del cisma y la reforma de la Iglesia…El concilio de Constanza tiene inmediatamente de Cristo la potestad, al que todos, de cualquier estado o dignidad, aunque sea papal, están obligados a obedecer en lo que atañe a la fe… Del mismo modo, cualquier cuiuscumque conditionis, status, dignitatis etiam papales que no obedeciere los decretos de este sagrado concilio y de cualquier otro concilio general en las susodichas materias, será castigado… (Para las fuentes originales de este concilio véase Mansi XXVII. La referencia exacta del decreto citado es Mansi XXVII, 585. Cf, Denzinger

Jedín en su “Breve Historia de los Concilios”, p. 82 escribió que “este decreto, emanado a raíz de la fuga de Juan XXIII se consideró dictado como por necesidad” sin embargo (añade) “su contenido respondía a la teoría conciliar”.
Luego ¿que pasa con LFP? Como vemos no era a Gregorio XII a quien consideraban papa legítimo, sino a Juan XXIII. Y esta legitimidad le viene del concilio de Pisa.
Consecuentemente si la legitimidad le venía dada por un concilio, otro concilio se la podía quitar también legítimamente. Y de nada sirve que ciertos católicos digan que la superioridad del concilio sobre el papa era una solución de emergencia, válida únicamente para aquel momento históricamente extraordinario. Esto es puro sofismo y así lo reconoce el católico Dom Paul de Vooght en su obra: “El concilio y los concilios, art. De Dom Paul de Vooght, pp 189─191.

No hay que darle vueltas. La intención de los decretos de Constanza tal como se desprende de toda lectura imparcial de los mismos, era dejar bien sentado que el concilio, en cuanto expresión y representación de la Iglesia, estaba por encima del Papa. El decreto “Frequens”, aprobado mas tarde corrobora este aserto. ¿Que esto chocaba con las teorías de la omnipotencia papal fraguadas en Roma desde la aparición de las Falsas Decretales? Es evidente-, Y esta era precisamente la intención del concilio de Constanza: acabar con el despotismo eclesiástico de Roma.
Lo que resulta más que paradójico es que todos los historiadores católicos reconocen que la pretendida donación del emperador Constantino al obispo de Roma es una falsedad y no obstante basan el poder papal en ellas. El famoso papa Hildebrando, Gregorio VII, la uso en su Dictatus Papae, con frases como esta:


“Solo el papa tiene el derecho de usar las insignias Imperiales”.
O
“Todos los príncipes tienen la obligación de besarle los pies”.

Este energúmeno del poder papal basándose en una falsedad es el predilecto del catolicismo, faltaría más.

Pero el principal problema planteado en Constanza era acabar con el cisma. Ahora bien para acabar con el cisma era necesario que existiera una autoridad superior que determinara cuál de los tres contendientes era el papa verdadero y en su defecto sustituirlo por otro. Luego se trataba de una autoridad que obligara a los papas. Y a fin de que todos estuvieran conformes con sus decisiones era preciso que esa autoridad tuviera potestad para destituir incluso a un papa legítimo, ya que todo el mundo reconocía a alguno de los tres pontífices y aun había, quienes reconocían como legítimamente constituidos a los tres a la vez; de ahí la confusión. (G. Salmón The Infallibility of the Church, pp 315, 316) Esta autoridad y este poder fueron los que exigió para sí el Concilio de Constanza. Su aceptación general, implícita en el reconocimiento igualmente general de haber sido el medio para acabar con el cisma, demuestra que en Constanza se tuvo a los concilios como superiores al papa. Y esto no fue acordado como decisión singular, aplicable únicamente en aquel caso. Los teólogos del concilio apelaban a bases teológicas precisas para proceder en contra de la autoridad omnipotente de los papas, bases universalmente válidas en la intención de sus redactores.
Reproduzco unas páginas de Döllinger por su certera visión de las implicaciones del significado del concilio de Constanza.

Pero eso lo dejaremos para la próxima entrega
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Tobi
07-Dec-2008, 22:26
V.- Entrega.

Döllinger y su certera visión de las implicaciones del significado del concilio de Constanza.

“Si un papa está sometido a un concilio en materia de fe, no es infalible; la Iglesia y el concilio que la representa, heredan las promesas de Cristo, y no el papa quien puede errar aparte del concilio y puede ser juzgado por éste. Esta inferencia es clara e indisputable…

(Para comprobar si esto es cierto solo hay que retrotraernos al Tercer Concilio de Constantinopla ─también conocido por el “Trullanum Primum”─ Sus sesiones tuvieron lugar a partir del día 7 de noviembre del años 680 y duraron hasta el 16 de septiembre del año siguiente.
La asamblea realizó sus trabajos en veintidós sesiones. En las tres primeras se dio lectura a las actas de los concilios de Éfeso, de Calcedonia y último de Constantinopla. Después se leyeron, en la sesión cuarta, los escritos del papa Agatón (678─681) y del sínodo romano. Siguieron tres escritos en los que se barajaron los textos de los antiguos Padres tanto por parte de los monotelistas como por los ortodoxos. Y en las restantes sesiones se condenó definitivamente el monotelismo, anulando los edictos Heraclio y Constante, y excomulgando al principal defensor de la herejía, el patriarca Macario de Antioquia, entre los vivos, y lanzando anatema también a algunos muertos tales como Sergio, Pablo y Pedro de Constantinopla y el papa Honorio. El decreto conciliar reza así:
“Además de estos, reconocemos también a Honorio,
Anterior papa de la antigua Roma, entre los expulsados de la Santa iglesia de Dios, y anatematizado porque descubrimos en su carta a Sergio que siguió sus propias opiniones y confirmó sus dogmas impíos”.

El comentario que hace Döllinger al respecto es el siguiente:
“El hecho de que un gran concilio, universalmente recibido luego sin vacilaciones, por toda la Iglesia, y presidido por legados papales, pronunciara su decisión dogmática sobre un papa hereje, y lo anatematizara por nombre como hereje, es una prueba tan clara como la luz del mediodía, de que cualquier noción sobre alguna iluminación peculiar o infalibilidad de los Papas, era completamente desconocido por la Iglesia”
(Döllinger, op, cit, pp. 74, 75).)

…Aunque no era el artí**** de los decretos a la fe lo que despertaba las suspicacias de los cardenales, sino las medidas de reforma. Que un papa que cayese en herejía estaba bajo el juicio de la Iglesia, y por consiguiente, bajo el concilio, era teoría comúnmente aceptada y admitida desde que el llamado canon de San Bonifacio fue introducido en los códices. Aunque dicha teoría no podía ser reconciliada con la doctrina de la infalibilidad contenía en estos mismos códices de ley canónica propagada por Aquino. Sin embargo, ni los mismos cardenales se atrevieron a negar su asentimiento a unos decretos que iban tanto en contra de los intereses de la Curia.
Las decisiones de Constanza son quizá las más extraordinarias para la historia dogmática de la Iglesia cristiana. Su lenguaje no deja lugar a dudas de que forma fueron entendidos como artí****s de fe, y decisiones dogmáticas de la doctrina de la autoridad de la Iglesia. Y estas decisiones niegan la posición fundamental del sistema papal, el cual es tácita y elocuentemente señalado como error y abusivo. Con todo, este sistema había prevalecido en la administración de la Iglesia durante siglos, había sido enseñado en los libros de ley canónica y en las escuelas de las órdenes religiosas, especialmente por los teólogos escolásticos y era asumido o expresamente afirmado en todos los pronunciamientos de los papas, quienes habían llegado a ser la nueva autoridad en materia de la ley para la Iglesia. En Constanza, sin embargo, ni una voz se levantó a favor de este sistema, nadie se opuso a las doctrinas conciliares, nadie protestó.
“Y es que el estado de la Iglesia se había tornado tan antinatural y monstruoso y la trasgresión habitual de las leyes de Dios y de las ordenanzas de la antigua iglesia era tan descarada y universal, que todos podían percibir que el sistema dominante, más que los individuos, era el responsable de esta perversión del gobierno de la Iglesia convertida en una asta maquinaria financiera de hacer dinero. Aquella transformación que había hecho un imperio sometido a un poder absoluto, presa de la oligarquía, de una Iglesia libre que antaño arreglaba sus cuestiones de común acuerdo y consulta. Cuando los cardenales escribieron al papa Gregorio XII, en 1408, que no había sanidad en la Iglesia, desde la planta de los pies la cabeza (Raynald. Annal. 1408), debieron de haber añadido, si hubiesen querido decir toda la verdad: “Somos nosotros y nuestros colegas, y vuestros predecesores, la Curia, los que hemos estado saturando el Cuerpo de Cristo con veneno mortal y por esto se halla tan enfermo en la actualidad”
“Eran ciertamente muy pocos los que entendían claramente las verdaderas causas así como la magnitud real del mal, pero esos pocos hablaron lo suficientemente para expresar lo que todos sentían. El clamor unánime en toda Europa era el de “Reforma en los miembros y en la cabeza de la Iglesia” Esto quería decir sin duda alguna que la cabeza, la Sede papal, era la que más que nadie necesitaba reforma y que solamente después de esta reforma podría procederse a la reforma de los miembros. Era notorio a todos que las buenas disposiciones que pudieran haber en éste o aquel papa individual, eran impotentes para hacar nada, y que la reforma que se precisaba había de significar un cambio completo del sistema. A la luz de toda esta evidencia, la sabiduría de ambas escuelas (la de los canonistas y la de los monjes teólogos) enmudeció, construida como estaba sobre bases carcomidas. Fueron reducidos al silencio o, como en el caso de Tudeschi y muchos dominicos, dieron su conformidad a los decretos de Constanza. Era demasiado fuerte la opinión de todo el mundo cristiano, dirigida y madura por las discusiones llevadas acabo durante más de cuarenta años en París, Aviñón, Roma, Pisa y las universidades alemanas”.

Esta fue la aportación de Döllinger respecto al Concilio de Constanza

Tobi
08-Dec-2008, 10:37
VI.- Entrega.-
Deposición de los tres papas.

Si, amados lectores. Lo habéis leído bien. Los tres papas incluyendo a Gregorio XII, al cual pretenden los católicos que era el verdadero papa.

El 7 de abril, el duque Federico de Austria dejó de apoyar al papa fugitivo colocándose al lado del Emperador y del concilio. Juan XXIII huyo a diversas ciudades: Friburgo, Borgoña, Breisach y, finalmente. A Nuremberg, en donde el burgomaestre de la ciudad le detuvo, poniéndole a disposición de Segismundo.

El 14 de mayo, el concilio depuso a Juan XXIII librando a todos los creyentes del deber de prestarle obediencia. El 29 del mismo mes, en la sesión XII, el concilio condenó a Juan por simoniaco y pecador público. La comisión nombrada por el concilio para dictaminar su caso catalogó setenta crímenes cometidos por el papa. Milman, en su “Historia del Cristianismo Latino” dice: “Nunca probablemente fueron pronunciadas contra hombre alguno setenta acusaciones mas horribles que las que se pronunciaron en contra de este (pretendido) vicario de Cristo. Además, se hizo alusión a 16 cargos más de depravación que no fueron mencionados en detalle “por respeto, no al papa, sino a la decencia pública”.
Así, el que fue Juan XXIII, ahora Baltasar Cossa otra vez, estuvo vigilado en varios castillos hasta 1429 en que se acogió al apoyo brindado por Martín V quien le creo cardenal obispo de Tús****, muriendo poco después.
Mientras tanto, según afirma Saba─Castiglioni , en su Historia de los Papas, Vol. II. P. 68 y ss., Gregorio XII se daba perfecta cuenta de que la última palabra en el cisma iba a tenerla el concilio y, por lo tanto, resultaba más prudente abdicar voluntariamente. Y si lo hizo está más que claro que le daba autoridad al concilio por encima de sí mismo como Papa. Malatesta, presentó al concilio su renuncia formal. La asamblea le nombró cardenal obispo de Porto y este, agradecido envió una carta de reconocimiento en la que firmaba simplemente: “Angel, cardenal obispo”.

El apologeta católico, si fuera capaz de encontrarlo se enteraría que la tesis romanista más en boga actualmente es que el cardenal Giovanni Dominici en nombre de Gregorio XII, poco antes de resignación del mismo, había “legitimado” el concilio, al convocarlo de nuevo, pues de otra manera el concilio sido nulo. De esto deduce la llamada Iglesia Romana que las sesiones que precedieron a la renuncia de Gregorio son ilegales. La verdad es que el gesto iba dirigido tanto a su vanidad herida como a los pocos partidarios que le quedaban teniendo por objeto salvar su “honor”. Es más, con este gesto demostró ser más astuto que sus dos rivales y así supo perder con dignidad, retirándose como gran señor. Cabe no olvidar que era el que contaba con menos partidarios. En cambio Juan XXIII confió demasiado en la fuerza de los suyos y acabó sucumbiendo con deshonor ante el concilio. En cuanto al papa Luna, terco como una mula, quedó desligado del curso de los acontecimientos.
Lo que no quieren ver algunos autores católicos que la pretendida convocatoria de Gregorio, como anteriormente la de Juan XXIII, no significaba para sus contemporáneos que el reconocimiento y la aceptación del concilio. Y además, las ratifico, con lo cual muestra que aprobó el Concilio.
Los que Roma tiene que demostrar todavía que la convocatoria del concilio por parte de Gregorio XII tenía la intención de declarar válidas sólo las sesiones siguientes invalidando al mismo tiempo todo lo hecho hasta entonces. Si este hubiese sido el significado de la renuncia de Gregorio, el concilio ─después seguramente, de asegurada la deposición del papa romano─, hubiera rebatido contundentemente aquellas pretendidas puntualizaciones de su renuncia. Sin embargo, la verdad histórica es mucho más simple: Gregorio reconoció el concilio que acababa de decretar que un papa era inferior a la asamblea conciliar. Más que dar él validez a ninguna sesión, el papa reconoció la validez de un concilio que exigía su renuncia. Los hechos hablan por si mismos por encima de las disquisiciones romanistas.

Ya solo quedaba Benedicto XIII, pero esto los veremos en la próxima entrega.

Tobi
09-Dec-2008, 13:26
VII Entrega Parte 1

Un paréntesis para tratar del teólogo católico
Döllinger.

Algunas palabras sobre la petición de definición de la infalibilidad.

Ud. ha presentado la curiosa petición surgida en el seno del concilio vaticano en el que se ruega al Papa que se digne dar los pasos necesarios para definir su propia infalibilidad, a través de la presente asamblea, como dogma de fe [2]. 180 millones de seres humanos -esto es lo que exigen los obispos que han firmado tal petición- deberán ser obligados bajo pena de expulsión de la Iglesia, de privación de los sacramentos y de condenación eterna, a creer y confesar lo que la Iglesia hasta ahora no ha creído ni enseñado. No lo ha creído pues aun aquellos que hasta ahora han sostenido como verdad esa infalibilidad papal no podían creerla, tomando esta palabra en sentido cristiano. Entre la fe (fide divina) y la aceptación razonable de una opinión tenida por verosímil hay una inconmensurable diferencia. El católico puede y debe creer solamente aquello que le ha sido divinamente revelado, que pertenece a la substancia de la doctrina de salvación, la verdad que por encima de toda duda es comunicada y presentada por la Iglesia misma; solamente aquello, de cuya confesión depende la pertenencia a la Iglesia, aquello cuyo contrario la Iglesia simplemente no tolera y condena como doctrina manifiestamente errónea. En rigor de verdad desde el inicio de la Iglesia hasta hoy nadie ha creído en la infalibilidad del papa, del mismo modo en que se creyó en Dios, en Cristo, en la Trinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, etc., sino que muchos han conjeturado, han tenido por verosímil, o a lo sumo por humanamente cierto (fide humana) que tal prerrogativa corresponde al Papa. Por consiguiente el cambio en la fe y en la enseñanza de la Iglesia, como el que quieren propiciar los obispos peticionantes, sería un acontecimiento único en la historia de la Iglesia: En dieciocho siglos no ha ocurrido algo semejante. Lo que ellos anhelan es una revolución eclesial, tanto mas grave cuanto se trata aquí del fundamento de la fe religiosa de cada hombre, que en el futuro debería sostener y afirmar lo que establezca un solo hombre, el papa, en lugar del conjunto, en lugar de la Iglesia Universal. Hasta ahora el católico decía: Creo en tal o cual doctrina por el testimonio de la entera Iglesia de todos los tiempos, porque ella tiene la promesa de que permanecerá siempre en la continua posesión de la verdad. En el futuro en cambio debería decir el católico: Creo, porque el Papa, declarado infalible, ordena enseñar o creer tal cosa. Que él sea infalible lo creo porque él lo afirma de sí mismo. Porque 400 o 600 obispos reunidos en Roma en el año 1870, han decidido que el papa fuera infalible. Todos los obispos solos y cualquier concilio sin el Papa están sometidos a la posibilidad de errar. La infalibilidad es un privilegio y una posesión exclusiva del Papa. Su testimonio no puede ser fortalecido ni debilitado por los obispos, sean estos pocos o muchos; cada decisión tiene pues solamente tanta fuerza y autoridad cuanta el papa mismo le ha otorgado y que él se ha arrogado a sí mismo. De este modo pues en ultima instancia todo se reduce a un autotestimonio del Papa, lo cual es desde luego muy sencillo. Sólo que respecto a esto debería recordarse lo que hace 1840 años dijo alguien inconmensurablemente más alto: "Si yo doy testimonio de mi mismo, entonces mi testimonio no es digno de creerse" (Jn. 5,31).
La petición nos brinda la ocasión de formular los siguientes reparos:
Primero: La petición circunscribe la infalibilidad del Papa a aquellas declaraciones y decretos, que el mismo dirige al conjunto de los creyentes, o sea los que emana para enseñanza de toda la Iglesia Católica.
De esto se seguiría que cuando un papa se dirigía solamente a personas particulares, corporaciones, Iglesias particulares, estaba continuamente sujeto al error. Ahora bien, los papas durante doce o trece siglos no han cumplido jamás la condición a la cual está ligada la infalibilidad de sus decisiones o enseñanzas: todas las declaraciones de los papas sobre cuestiones de doctrina antes del final del siglo XIII han sido dirigidas solamente a personas determinadas o a los obispos de un país, etc. Durante el milenio de unidad jamás se ha comunicado a toda la Iglesia oriental un decreto general de un papa. Los papas han dirigido escritos dogmáticos a patriarcas aislado o a emperadores, y esto en forma muy espaciada.
Es pues claro que durante al menos mil años los papas mismos no han tenido idea de esa cualidad de la cual debe depender la seguridad e infalibilidad de sus decisiones, cómo pues tal afirmación fue concebida tan tarde y fue desconocida por la Iglesia antes de 1562. En este año en efecto el teólogo Johann Hessels expuso esta afirmación. De él la tomó prestada Belarmino y la apoyó con citas de las decretales seudoisidorianas y con testimonios ficticios de san Cirilo.

Tobi
09-Dec-2008, 13:28
VII Entrega Parte 2

Según esta teoría, con una simple palabra antepuesta, por una simple afirmación, los papas habrían podido otorgar a sus propias declaraciones dogmáticas la alta prerrogativa de la inerrancia. Ellos no lo hicieron y de este modo han puesto a personas y comunidades en el peligro de caer en el error por la aceptación de sus decisiones dadas sin la garantía de la certeza divina.
Segundo: Es falso que "de acuerdo con la tradición común y constante de la Iglesia las sentencias dogmáticas de los papas sean irreformables". Lo contrario está a la vista. La Iglesia siempre ha sometido los escritos dogmáticos de los papas primero a prueba, y como consecuencia de esa prueba los ha aprobado como hizo el concilio de Calcedonia con los escritos de León; o los ha rechazado como erróneos, como hizo el quinto concilio (553) con el Constitutum de Vigilio, o el sexto concilio (681) con los escritos de Honorio [3].
Tercero: No es cierto que en el segundo concilio de Lyon (1274), con la aprobación tanto de los griegos como de los latinos haya sido adoptada una profesión de fe en la cual se declaraba que "las controversias sobre la fe debían ser dirimidas por el juicio del papa". Ni los griegos ni los latinos, esto es, los obispos occidentales reunidos en Lyon, adoptaron esa confesión de fe, sino que el difunto papa Clemente IV se la había enviado al emperador Miguel Paleólogo como condición de su admisión a la comunión eclesial. Miguel, que a duras penas conservaba el dominio sobre la capital recientemente reconquistada [4], severamente amenazado por el emperador latino Balduino y por el rey Carlos de Sicilia, requirió con urgencia la ayuda del papa, que era el único capaz de obligar a su enemigo capital a la paz y consintió en someterse a las condiciones de la sumisión eclesiástica que los papas le habían prescrito, aunque bajo las persistentes protestas de los obispos griegos y de la Nación. Así insertó Miguel la fórmula que había sido impuesta en el escrito leído ante el concilio y confirmado por su enviado el Logoteta. El mismo declaró en su ciudad, Constantinopla, que las tres concesiones que él había hecho al papa eran ilusorias. (Pachymeres de Michaele Paleol. 5, 22). No obstante, los obispos reunidos no se encontraron en condiciones de emitir un juicio sobre esta fórmula.
Cuarto: El decreto del sínodo florentino es aquí citado parcialmente [5], justamente ha sido omitido del párrafo la frase principal, cuya formulación es el producto de largas negociaciones entre los griegos y los italianos y a la cual se otorgó la máxima importancia, porque la precedente debía entenderse solamente de acuerdo a la limitación expresada, a saber: "iuxta eum modum, quo et in gestis et in sacris canonibus oecumenicorum conciliorum continetur" [con arreglo a lo establecido en las actas y sagrados cánones de los concilios ecuménicos]. El papa y los cardenales exigieron insistentemente, que como definición más exacta de cómo debería comprenderse el primado del papa, debía apostillarse "iuxta dicta Sanctorum" [según los testimonios de los santos]. Esto lo rechazaban los griegos con la misma insistencia. Ellos sabían perfectamente que entre los "testimonios de los santos" se contaban una considerable cantidad de textos imaginarios o falsificados. El arzobispo latino Andrés, uno de los oradores, se había remitido ya en la séptima sesión a los tristemente célebres testimonios de Cirilo, los que habían alcanzado en occidente un efecto violento y duradero desde que Tomás de Aquino y el papa Urbano IV los habían creído verdaderos, pero ahora sin embargo fueron rechazados por los griegos. El emperador hizo notar además que cuando uno de los padres en una carta dirigida al papa se expresaba en forma deferente, no podía deducirse de esto ningún derecho o privilegio. Los latinos cedieron finalmente en quitar los dicta Sanctorum del texto preparatorio, y por ello como medida y límite del primado papal fueron señalados los concilios ecuménicos y los sagrados cánones. Con esto quedaba excluido todo pensamiento sobre la infalibilidad papal, puesto que en los antiguos concilios y en los cánones pre-isidorianos, comunes a las dos iglesias, no se encuentra nunca algo que aludiese a una prerrogativa semejante, sino que la entera legislación de la Iglesia, tanto como la actuación e historia de los siete concilios (que a esto se referían) con toda evidencia presuponen un estado en el que la máxima autoridad doctrinal corresponde a la Iglesia entera, y no solamente a uno de los cinco patriarcas (que tal era el papa a los ojos de los griegos). Además, el arzobispo Besarión había declarado poco antes que el papa era menor que el concilio (y por lo tanto tampoco infalible) (Sess. IX, Concil. XIII, 150). Se trata pues de una mutilación, lo que equivale a una falsificación, el cancelar del decreto del Sínodo florentino justamente la frase principal, a la cual se atribuyó el máximo valor, para la cual fue hecho el decreto. La frase era tan indispensable a los ojos de los griegos que declararon que se marcharían sin conseguir su propósito si no se incluía es frase. También insistieron -con éxito- en que todos los derechos y privilegios de los restantes patriarcas debían quedar a salvo en el decreto. Pero los mismos papas habían declarado ya anteriormente que tal derecho debía establecerse únicamente por la decisión de toda la comunidad y no únicamente por las decisiones de un maestro infalible.
Desde luego, existe todavía otra causa para la mutilación del decreto florentino que hace el redactor de la petición; ¿él debería haber dado el texto latino en su versión original, es decir, la correspondiente versión griega tal como lo hicieron Flavius Blondus, secretario de Eugenio IV, y los antiguos teólogos: "quemadmodum et in actis conciliorum et in sacris canonibus continetur"? ¿O debería apropiarse de la falsificación presentada por primera vez por Abraham Bartholomeus, en la que en lugar de "et" se ha puesto "etiam"? Con ese "etiam" se transforma completamente el sentido del Decreto y se aniquila el propósito de la añadidura; no obstante, y a pesar de ser una evidente falsificación, el texto ha sido recogido así en las colecciones conciliares y en los tratados dogmáticos, y sería ya tiempo de quitar de en medio esa piedra de escándalo para los orientales y de restablecer el texto original, a saber el correspondiente texto griego. Pero entonces, claro está, el decreto ya no sería útil para los objetivos de los infalibilistas, como lo demostró hace ya doscientos años el arzobispo de París D [l.] de Marca (Concord. Sacerd. et imperii, 3,8). El hace notar correctamente: Verba graeca in sincero sensu accepta modum exercitio potestatis pontificiae imponunt ei similem quem ecclesia gallicana tuetur. At e contextus latini depravata lectione eruitur plenam esse potestatem, idque probari actis conciliorum et canonibus [Las palabras griegas tomadas en su sentido íntegro imponen al ejercicio de la potestad pontificia un límite semejante al que defiende la iglesia galicana. Pero del contexto de la depravada versión latina se deduce que la potestad del papa es plena y que esto puede probarse con las actas y cánones de los concilios].

Tobi
09-Dec-2008, 13:30
VII Entrega Parte 3

La petición se pronuncia con especial indignación (accerbissimi ########ae doctrinae impugnatores blaterare non erubescunt [los acérrimos impugnadores de la doctrina católica no se avergüenzan en afirmar...]) contra los que no consideran como ecuménico al sínodo de Florencia. Los hechos son elocuentes: como es sabido, el sínodo fue convocado para corregir de raíz al concilio de Basilea, cuando este había comenzado a decidir muchas reformas importantísimas de la Curia romana. El 9 de abril de 1438 fue abierto en Ferrara, y debieron esperarse aún seis meses sin que hubiera sesión alguna, dado que había pocos obispos presentes. De todos los países nórdicos de la entonces enteramente católica Europa, de Alemania, de los países escandinavos, Polonia, Bohemia, la Francia de entonces, Castilla, Portugal, etc. no fue nadie; se puede afirmar que nueve décimos del mundo católico de entonces no participó del sínodo porque lo tenían por ilegítimo, lo mismo que la asamblea de Basilea, y porque todo el mundo sabía que allí no se haría nada respecto a la cuestión decisiva de la reforma de la Iglesia. Finalmente Eugenio logró reunir con fatiga un grupo de obispos italianos, alrededor de 50. Además de estos llegaron luego algunos obispos enviados por el duque de Borgoña, algunos provenzales y un par de españoles. En total fueron 62 los obispos que firmaron. Los prelados griegos junto con su emperador se encontraban en peligro de ruina total a causa de sus deudas; barcos y soldados habían sido llevados hasta allí; el papa les había prometido pagar los costos de su estadía en Ferrara y Florencia y de su viaje de regreso. Cuando ellos se mostraron intransigentes, les quitó los subsidios, de modo tal que se encontraron en grave necesidad, y
finalmente, presionados por el Emperador y urgidos por el hambre, firmaron cosas que luego retractaron casi todos. El juicio de un contemporáneo griego, Amyritius, al que cita el erudito romano Leo Allatius (de perp. consens. 3,1,4), fue entonces el general entre los griegos: ¿Puede alguien -decía él- considerar en serio como ecuménico un sínodo cuyos artí****s de fe fueron comprados por dinero, cuyas decisiones fueron establecidas simoniacamente, solamente ante la esperanza de recibir asistencia financiera y militar? En Francia, antes de la Revolución, el sínodo de Florencia fue rechazado como espurio. Así lo declaró el cardenal Guise en el Concilio de Trento, sin recibir por ello ninguna réplica. El teólogo portugués Payva De Andrada dice al respecto: Florentinam (Synodum) sola Gallia pro oecumenica numquam habuit, quippe quam neque adire dum agitaretur, neque admittere iam perfectam atque absolutam voluerit [solamente Francia no consideró jamás como ecuménico el Sínodo de Florencia, puesto que cuando se inició no quiso asistir al mismo y una vez concluido no quiso aceptarlo] (Defens. fid. Trident. p. 431, ed. Colon. 1580).
El texto restante de la petición explica que la declaración del nuevo artí**** de fe es ahora oportuna y urgentemente necesaria, porque algunas personas que se hacen pasar por católicos, han impugnado recientemente la opinión de la infalibilidad papal. Lo que el postulado en parte dice y en parte presupone (en Roma) como conocido es esencialmente los siguiente: En sí y por sí, opina el postulado, no habría sido absolutamente necesario aumentar el número de las verdades de fe con la declaración de un nuevo dogma, pero la situación se habría configurado de tal forma, que tal declaración sería ahora inevitable. Desde hace muchos años, la orden de los jesuitas, secundada por un grupo de simpatizantes, ha iniciado una agitación para promover el apoyo al dogma en cuestión contemporáneamente en Italia, Francia, Alemania e Inglaterra. Incluso ha sido fundada y presentada públicamente con este fin por los jesuitas una asociación religiosa especial, con el objeto de rezar y de actuar en orden a la consecución del nuevo dogma; su órgano de difusión, la [revista] Civiltà, publicada en Roma, ha señalado de antemano la tarea principal del concilio, a saber, la de ofrecer al mundo expectante el regalo del artí**** de fe faltante; su [revista] Laacher Stimmen y sus publicaciones nuevas han debatido amplia e infatigablemente el mismo tema.
En medio de esa agitación la obligación de los que piensan de otro modo debería haber sido el permanecer en un silencio reverente, dejando en paz a los jesuitas y a sus seguidores, y no someter a ninguna clase de prueba a los argumentos aportados por ellos en numerosos escritos. Lamentablemente esto no fue así, algunos hombres tuvieron la inaudita osadía de romper el sagrado silencio y de expresar públicamente una opinión discrepante. Tal escándalo puede ser reparado únicamente a través de un aumento de las confesiones de fe, de la alteración de los catecismos y de todos los libros de religión.

Tobi
09-Dec-2008, 21:10
VIII.- Entrega

Deposición de los tres papas.

Ya solo quedaba Benedicto XIII, el Papa Luna. Únicamente los reyes hispánicos estaban a su lado. No es de extrañar que, al ver depuestos a sus dos contrincantes, abrigara todavía esperanzas de que se le reconociera como único papa legítimo. Por ello es que aceptó negociar con el concilio.
Se había concertado una entrevista a celebrar en Niza. Pero lo cierto es que no pasó de Perpignan, toda vez que su regio acompañante, el Rey Fernando de Aragón y por causa de enfermedad no pudo continuar el viaje.
Las conversaciones entre los representantes del último papa aviñonés y el propio Segismundo que encabezaba la delegación del concilio, resultaron infructuosas. El Emperador decidió regresar a Constanza, aunque en Narbona se le pidió la reanudación de las conversaciones y tampoco en esta segunda vez se llegó a ningún acuerdo. Entonces el papa Luna, temiendo que algo se fraguase en su contra. huyo a Peñíscola. El 13 de diciembre de 1415 los reyes de la Península Ibérica le retiraron sus apoyo y enviaron delegaciones al concilio y bajo el nombre genérico de España, constituyeron la quinta nación de la asamblea conciliar.

En la sesión XIII, del 5 de noviembre de 1416, se abrió proceso contra Benedicto XIII. Los cargos en su contra fueron desobediencia al concilio negándose a abdicar. Por ello, el 26 de Julio de 1417 fue condenado públicamente por el concilio: “A Pedro de Luna ha de considerársele privado de todas sus dignidades y de todos sus derechos, por ser perjuro, cismático y hereje, ya nadie debe prestarle obediencia”.

En Peñíscola, rodeado tan solo por tres cardenales adictos, seguía Benedicto en sus trece, diciendo: “Aquí en Peñíscola está la verdadera Iglesia, como hubo un tiempo en que la humanidad estuvo en el arca de Noé”. Todo y sabiendo que la suya era una causa perdida no dio su brazo a torcer y en 1423, en los últimos días de su vida, creo cuatro cardenales. Tres de éstos eligieron papa al canónigo barcelonés Gil Sánchez, con el nombre de Clemente VIII. Sin embargo no tardó en darse cuenta de que su pontificado era inviable y renunció al mismo. Martín V le recompensó con el obispado de Mallorca.

El historiador Jedín en su obra Breve Historia de Concilios (p. 83) acierta en decir que el Papa Luna no respondió solamente con terquedad sino que su pensar era riguroso conforme al Derecho Canónico. Pedro de Luna les dijo a los enviados del concilio: “Vosotros decís que yo ni mi contrincante (Gregorio XII) somos papas. Entonces yo soy el único cardenal sobreviviente del papa anterior del cisma y solo yo tengo derecho a elegir Papa. Si queréis lo elegiré en el plazo de un día y os doy mi palabra de no elegirme a mi mismo”.
No hay la menor duda de que tenía razón si hemos de entender el papado bajo los principios gregorianos. Como eso no fue atendido en la elección de Martín V hemos de entender que el concilio estaba por encima del papado. Entonces y en cuanto que Pedro de Luna tenía razón, la pretendida sucesión apostólica se trunco en el concilio de Constanza. Por lo tanto, y conforme a sus propios principios, se truncó la pretendida sucesión apostólica del papa romano. Los papas elegidos después de Martín V son sucesores de éste y no de Pedro.

Continuará..

Tobi
11-Dec-2008, 14:18
IX.- Entrega.-

El Gran error del concilio:
La elección pontificia antepuesta a la reforma.

En mi particular opinión eso fue debido a que el Señor le dio una última oportunidad al catolicismo occidental y éste la desaprovechó.
Los crímenes de los papas hubiesen sido de su particular responsabilidad y de la Institución que representaban. Si dicha Institución se reformaba y colocaba en su lugar a los obispos romanos, tal como había sido durante el período de los Concilios ecuménicos, la Institución se podía salvar puesto que habría derivado hacia la fe apostólica.
¿Qué, entonces, lo frustró? Sin duda el caso de Juan Hus.

Juan Hus (1369─1415). Rector de la Universidad de Praga, Bohemia. Fue discípulo de Juan Wyclif (1324─1384) profesor en Oxford, Inglaterra, el cual predicaba contra la tiranía espiritual de clero y la autoridad papal. Se oponía a la existencia de papas, cardenales, patriarcas y monjes; atacaba la transubstanciación y la confesión auricular. Defendía el derecho del pueblo de leer la Biblia, y la tradujo al inglés. A sus seguidores se les llamó lolardos. Y todo esto a más de un siglo de Lutero.
Su discípulo Juan Hus era un intrépido predicador que atacaba los vicios del clero y la corrupción de la Iglesia; condenaba la venta de indulgencias; rechazaba el purgatorio, la adoración de santos y el culto en lenguas extranjeras; elevaba a las Escrituras por encima de los dogmas y ordenanzas de la Iglesia.
Se le rogó que acudiera al concilio de Constanza para que este determinara si su enseñanza era o no ortodoxa. Para ello el emperador Segismundo le proveyó de un salvoconducto que garantizaba su inmunidad en el caso de no ser aceptadas sus tesis doctrinales. .
Fue quemado vivo en el 1415.
Este horrendo crimen al que se unió poco después una gran parte del pueblo bohemio que fue exterminado en una cruzada ordenada por Martín V. Con esto quedó claro que la Institución Romanista no podía dejar de ser lo que siempre había sido después del Cisma con que rompió con la antigua catolicidad. La solución para la cristiandad de la Europa Occidental vendría por mano de Martín Lutero. Eso fue justo un siglo después de la elección del papa Martín V (1417) (¿Coincidencia? O la mano del Señor moviéndose en medio de sus pueblos)
La Gran…. del Apocalipsis no tenía remisión y “el salid de ella pueblo mío” es la solución para aquellos que busquen la comunión y la libertad en Cristo.

Después de este paréntesis retomemos el tema base.
El concilio había acabado con el cisma y se erigió como la única autoridad de la Iglesia. Era lo que desde hacía tiempo habían deseado los conciliaristas. Por eso, muchos de ellos, mayoritariamente los alemanes y los ingleses, insistieron entonces en que la promulgación de un programa completo de reforma precediera a la elección de nuevo papa. La experiencia del concilio de Pisa les hacía temer que el nombramiento inmediato de un nuevo pontífice aplazaría indefinidamente todo intento de reforma. Pero los cardenales, sobre todo los italianos y franceses, presionaron para que la elección tomara la delantera a la reforma. Muchos de los franceses se unieron a los italianos tan sólo para oponerse a Segismundo, toda vez que no había desaparecido la antigua rivalidad entre Francia y Alemania (una rivalidad que ha perdurado hasta ahora y cuyos resultados fueron fatales para ambas naciones) Los obispos franceses no tuvieron en cuenta la aportación de la Universidad de París y dieron al traste con todos los logros del conciliarismo de Constanza.
Fue tan violenta la confrontación de pareceres entre latinos y germanos que a poco se disuelve el concilio, los latinos lograron ganarse a los ingleses e incluso (según Döllinger. Op. Cit. P. 307) compraron a algunos prelados alemanes como el arzobispo de Riga y los obispos de Coire y Leutonische.
El obispo Enrique de Winchester, primo del rey de Inglaterra, presentó una fórmula de compromiso que, de hecho, abogaba por la tesis latina: se procedería inmediatamente a la elección de nuevo pontífice, aunque imponiéndole el cumplimiento de los esquemas generales de reforma aprobados ya por las naciones conciliares. Estos esquemas eran muy vagos, pues las discusiones a que dieron lugar los seis memoriales y los 19 discursos sobre la reforma demostraban que las dificultades surgían al pasar de las teorías generales a las aplicaciones prácticas.
Abreviando, lo más que pudieron lograr los alemanes fue que entre los pocos decretos de reforma que el concilio impondría al nuevo papa, figurase el llamado “Frecuens” (por las palabras con que empieza). Este decreto establecía la convocatoria periódica de los concilios generales. El próximo concilio debería de tener lugar dentro del plazo de cinco años, el siguiente al cabo de siete y después cada diez años. El papa estaría facultado para abreviar las convocatorias, no para prolongarlas. Pero todo esto no fue más que letra muerta.

Continuará con la elección del nuevo papa

Tobi
12-Dec-2008, 22:36
X.- Entrega
Elección del nuevo Papa.-

Del 8 al 11 de diciembre de 1417 se reunieron en la Lonja de Constanza los electores: veintitrés cardenales y treinta y tres delegados nacionales. La elección recayó en el cardenal Otón Colonna que a raíz del concilio Pavía se había pasado al partido de Juan XXIII. Tomo el nombre de Martín V en honor del santo del día.

Aquí cabe recordar la gran verdad que dijo el Papa Luna, que conforme el derecho canónico gregoriano esta elección no estuvo dentro de la legalidad canónica. Se rompió la tan cacareada sucesión apostólica y, consecuentemente, desde entonces todos los papas posteriores son sucesores de Martín V. Si hacemos caso de la perogrullada de Merovignio el mismo Martín V. derogó su papado al anular el Concilio de Constanza. Según dice Merovignio (siguiendo la batuta de LFP) sólo derogó las Actas en las que se determinaba la supremacía del concilio sobre los papas, también anuló su propio nombramiento. Además de los cardenales participaron en su nombramiento los laicos que eran 10 más que los cardenales. ¿A quien representaban los 33 laicos? ¿Al derecho canónico o al concilio?
Aquí el romanismo no tiene ningún escape. No tiene ni un solo argumento que aportar que muestre la legalidad conforme a sus propias leyes canónicas.

Puntualicemos: Ni el método de elección seguido es el aprobado por los más estrictos partidarios del papado, ni los cardenales que participaron en la elección de Martín V lo hicieron como colegio cardenalicio adicto al último papa que de acuerdo con los principios catolico─romanos no es un papa legítimo. Allí estuvieron como cardenales del concilio, nombrados por los papas cesados por el concilio en su mayoría y secundados por los laicos miembros del concilio también. Las fracciones cardenalicias de las distintas obediencia se habían unido desde hacía tiempo (pese a las censuras y anatemas que Gregorio XII presunto papa legal por los romanistas lanzó contra ellos) y actuaron como cardenales del concilio en espera que éste eligiera, pero no como colegio cardenalicio de ninguno de los papas contendientes. Por lo tanto, la validez de la elección de Martín V depende de la validez de los cardenales. Como quiera que la gran mayoría de éstos había sido excomulgado por Gregorio XII, al dejar de reconocerle papa legítimo, o por el simple hecho de haber sido nombrados por los papas rivales, resulta que la validez de los cardenales electores depende de la validez del concilio de Constanza y la validez de este concilio depende a su vez de la teoría conciliar que coloca al concilio por encima del papa. Roma intenta eludir estas implicaciones, pero la Historia la coloca en un callejón sin salida pues rechaza por un lado las pretensiones del único elector legítimo, Benedicto XIII, según la ley canónica, y por el otro lado acepta un papa, Martín V, cuya legitimidad depende de unos cardenales y un concilio que van en contra de esta ley canónica al haber decretado la superioridad del concilio frente al papa.
En consecuencia, si el papa Martín V es ilegítimo conforme a la ley canónica, también fueron ilegítimos los cardenales que él nombró. Si estos fueron ilegítimos también lo fue el papa que nombraron después de la muerte de Martín V. y así, llegar a Benedicto XVI.

Solo tienen una posible solución. Reconocer las tesis reformatorias del Concilio de Constanza de que el Concilio está por encima del papa invalidando los concilios de Trento, Vaticano I y Vaticano II y toda la dogmática emanada de dichos concilios.

¿Lo hará Ratzinger? Lo dudo y si lo intenta morirá tal como murieron prematuramente todos los papas que intentaron reformar la Curia romana. No olvidemos que el Cardenal Roncalli tomo el Nombre de Juan con el número XXIII, lo mismo que el papa que presuntamente convocó el Concilio de Constanza. Luego no es quimérica la opinión que quiso volver a Constanza a fin de determinar que el Concilio estaba por encima del papa. “Murió” antes de conseguirlo y quien le sucedió le dio, muy adecuadamente, un giro de 180 grados. ¿Y que ocurrió con Juan Pablo I cuando quiso poner fin al escándalo financiero del Vaticano?
Que cada cual tome sus propias conclusiones.

Tobi
14-Jan-2009, 20:12
Re:
SIGAMOS

Veamos seguidamente que ministerio les fue encomendado a Pedro y Pablo:

Lo tenemos en
Cita:
Gálatas 2:6-9
6.- Pero de los que tenían reputación de ser algo (lo que hayan sido en otro tiempo nada me importa; Dios no hace acepción de personas), a mí, pues, los de reputación nada nuevo me comunicaron.
7.- Antes por el contrario, como vieron que me había sido encomendado el evangelio de la incircuncisión, como a Pedro el de la circuncisión
8.- (pues el que actuó en Pedro para el apostolado de la circuncisión, actuó también en mí para con los gentiles),
9.- y reconociendo la gracia que me había sido dada, Jacobo, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos dieron a mí y a Bernabé la diestra en señal de compañerismo, para que nosotros fuésemos a los gentiles, y ellos a la circuncisión.
A.- Por tres veces Pablo repite que a Pedro le fue encomendado el apostolado entre los judios. Y a él, Pablo, el de los gentiles.
Desde la expulsión de los judios de Roma por el emperador Claudio (41-54) no había judión en la capital del imperio. A Pedro se les habría cerrado el paso en Roma.

B.- Si a Pedro le fue encomendado llevar el evangelio a los judios. ¿Cómo podía ser "obispo universal" tal como afirma el Vaticano I.?

C.- En las cita aportada, Pedro ocupa el segundo lugar. El primero lo ocupa Jacobo. ¿Como es posible que Pablo ponga en segundo lugar al obispo universal?

D.- La carta a los Gálatas fue inspirada por el Espiritu Santo, por lo tanto es Palabra de Dios y la Palabra de Dios afirma que a Pedro no se le concedió ninguna jerarquia y menos aún algo parecido a un monarca cesariano. Ni a él ni a nadie.

E.- Veamos que dijo Jesús al respecto:
Cita:
Mat. 24:25-28
25.- Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad.
26.- Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor,
27.- y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo;
28.- como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por mucho
Quien miente aquí. ¿Los decretos del Vaticano I O el Señor Jesucristo?

Yo, ni nadie, puede tener dudas.

Lutero tenía razón con lo de la "Sola Escritura" Ella responde a todas nuestras preguntas de manera que no deja lugar a las dudas.

Ya que los catos apelaa al vocable "tradición" la uso para decirles que "la TRADICIÓN APOSTÓLICA" niega las pretenciones de los papas. Especialmente las de los que van desde Gregorio VII, Inocencio III, y todos, hasta el actual.

Claro que tambien vemos que los hay que preferien la palabra del hombre por encima de la de Dios.

Salid de ella, pueblo mio
__________________

Evangelion
15-Jan-2009, 23:24
Hola hermano Tobi, ya estoy por aqui en este nuevo foro.

Saludos en Cristo, veo que aca no se sufre de contaminacion romanista, como la del sr. lopez que esta intentando inundar su epigrafe en el otro foro.

Aqui podemos respirar aire mas fresco, aunque el debate bien fundamentado nunca sera despreciado.

Shalom a mi hermano Toni.

toni
15-Jan-2009, 23:28
Hola hermano Tobi, ya estoy por aqui en este nuevo foro.

Saludos en Cristo, veo que aca no se sufre de contaminacion romanista, como la del sr. lopez que esta intentando inundar su epigrafe en el otro foro.

Aqui podemos respirar aire mas fresco, aunque el debate bien fundamentado nunca sera despreciado.

Shalom a mi hermano Toni.

Un saludo estimado hermano, me alegra verte por aquí, eres bienvenido en el foro, esta es tu casa.

Hagamos que este epigrafe llegue alto en Google y demás buscadores.

Un abrazo!!

Evangelion
15-Jan-2009, 23:43
Un saludo estimado hermano, me alegra verte por aquí, eres bienvenido en el foro, esta es tu casa.

Hagamos que este epigrafe llegue alto en Google y demás buscadores.

Un abrazo!!

Saludos en Cristo Toni.

Aca creo que podemos concentrarnos mas en el tema sin tener que soportar las cortinas de humo xxxxxxxxxx de los catos.

En breve abrire unos temitas donde necesito asesoria urgentemente.

Un abrazo Fraternal.

Tobi
22-Jan-2009, 21:20
La interpretación de los santos padres

La interpretación que dan a las palabras: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia", no los ortodoxos, protestantes o evangélicos, sino muchos santos padres, anteriores al romanismo y al protestantismo, es que la piedra no es la persona de Pedro, sino la capital declaración que éste acababa de hacer de que Jesús era el Hijo de Dios.

San Cirilo de Alejandría, en su cuarto libro sobre la Trinidad, dice: "Por la roca debéis entender la fe Invariable de los apóstoles" S. Cirilo de Alejandría, Dial. IV. Trinitate, núms. 507-8.

San Hilario, obispo de Poitiers, en su 2º libro sobre la Trinidad, dice: "La roca (piedra) es la bendita y sola roca de la fe confesada por boca de san Pedro"
San Juan Crisóstomo dice en su homilía 55 comentando S. Mateo: "Sobre esta roca edificaré mi Iglesia. Es decir, sobre la fe de su confesión. Ahora bien, ¿cuál fue la confesión del apóstol? Hela aquí: - Tú eres Cristo, el hijo de Dios vivo -." Hom. 54 in Mat. 2; MG 58, 534.

Orígenes (Traductor de la Biblia del hebreo y del griego al latín) exclama: "Si suponéis que Cristo fundó su Iglesia sólo sobre Pedro, ¿qué papel asignáis a los demás apóstoles? ¿Qué les concedéis a Santiago y a Juan, que también Cristo les puso el sobrenombre de hijos del trueno, para indicar su gran significación?"

San Ambrosio escribió: "Petrus primatum confessio acceptit, non honoris" (Pedro no aceptó los honores de su primera confesión).
Fabián, uno de los primeros obispos de Roma (y por ello para los romanistas, un "Papa"), escribió al emperador Zenón que Cristo había dicho a Pedro: "Super ista confessiono, aedificabo Ecclesiam" (Sobre esta confesión edificaré mi Iglesia) De Incarnat., cap. 4.

San Agustín, en un comentario sobre la primera epístola de S. Juan, dice: "¿Qué significan las palabras "Edificaré mi Iglesia sobre esta roca? Sobre esta fe, sobre eso que me dices: Tú eres el Cristo, el hijo del Dios vivo" El gran obispo creía tan poco que la Iglesia fuese edificada sobre san Pedro, que predicaba a su grey en su sermón XIII: "Tú eres Pedro, y sobre esta roca que tú has confesado, sobre esta roca que tú has reconocido diciendo: "Tú eres Cristo, el hijo del Dios vivo", edificaré mi Iglesia: Sobre mí mismo, que soy el hijo del Dios vivo, la edificaré, y no yo sobre ti." Nos permitimos citar, en la propia lengua en que escribió san Agustín, otra exégesis suya del debatido texto: «Super hanc petram quam confessus es aedificabo Ecclesiam meam. Pera enim erat Christus super quod fundamentum etiam ipse a edificatus est Petrus»

Nuestros críticos tratan de probar el "Magisterio infalible" de los obispos de Roma con citas de éstos mismos, y de otros padres de la Iglesia, en las cuales se refieren con especial respeto al obispo de Roma como sucesor de san Pedro. Que esta tradición se extendió por la Iglesia a partir del siglo II (solo como respeto especial, y no como primacía jerárquica) lo reconocemos y así lo advertimos ya a nuestros lectores; y que fue objeto de especial respeto por sus compañeros de otras ciudades, también lo reconocemos; pero lo cierto es que también fue opuesto y contradicho en algunas ocasiones por obispos y padres muy notables de la cristiandad primitiva; y es imposible que ello hubiese ocurrido si, efectivamente, la primacía y la infalibilidad le hubiesen sido otorgadas al obispo romano por el apóstol san Pedro; si hubiese sido, no una sugerencia o un deseo de tiempos posteriores, sino dogma de fe desde los mismos tiempos apostólicos, como lo eran, por ejemplo, la muerte redentora de Cristo, la Resurrección, la Ascensión, la segunda venida, los milagros del Señor o tantas otras cosas claramente enseñadas por los apóstoles desde el principio.

Para que el lector se dé cuenta de lo complicado que es ir tras la tradición de los padres de la Iglesia, y tratar de asentar nuestra fe sobre la tradición, les diremos que un antiguo escritor francés, el sacerdote católico reverendo padre Launoy, tratando precisamente de establecer su tesis del primado de san Pedro, pero obligado a confesar la verdad acerca de las encontradas opiniones patrísticas, tuvo que declarar haber encontrado lo siguiente:

Citas de padres de la Iglesia en favor de que Pedro es la roca: diecisiete.
Citas de padres de la Iglesia declarando que la roca es la fe confesada por Pedro: cuarenta y cuatro.
Citas declarando que la roca es Cristo mismo: dieciséis.
Citas que expresan que la roca fundamental de la Iglesia es la fe de todos los apóstoles: ocho



Sesenta y ocho contra dieciseis Y aún nos falta por ver que era lo que afirmaban estos dieciseis. Launoy no lo revela.

Los primeros obispos de Roma no fueron papas, ni pretendieron ser infalibles; y muchos de los que después se arrojaron el título, ni fueron santos, ni infalibles, ni siquiera verdaderos obispos de la Iglesia de Dios.

Tenemos muchas pruebas de que los primeros obispos de Roma no pretendieron el papado para sí mismos, aun cuando el hecho de ser obispos en la Sede del Imperio Romano les confería cierta dignidad y respeto de parte de los demás obispos de la cristiandad.

Esto demuestran las mismas pastorales de los primeros obispos romanos, tales como la carta de Clemente a los corintios, en la cual no aparece ninguna pretensión de poder o dominio sobre los demás obispos.
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Continuará

Tobi
23-Jan-2009, 13:41
SIGAMOS

Algunas de las frases de la carta de Clemente a la iglesia de Corinto


He aquí el preámbulo y dos fragmentos de la referida carta, que prueban el carácter cristiano evangélico de aquel a quien los católicos llaman tercer papa: "La Iglesia de Dios que mora en Roma como extranjera, a la Iglesia de Dios que mora como extranjera en Corinto; a los electos santificados en la voluntad de Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo: sean cumplidas en vosotros la gracia y la paz de parte de Dios omnipotente por medio de Jesucristo" Obsérvese que la carta no es de un "Papa", sino de una iglesia a otra hermana. ¡Cuán diferente de las encíclicas redactadas en siglos posteriores, tras la invención del papado!

Y en el cap. 32 declara: "Todos fueron honrados, todos ensalzados, no por sí mismos, ni por sus obras y santas oraciones, sino por la voluntad de El. Pues también nosotros, escogidos por la voluntad de El en Cristo Jesús, no nos justificamos por nosotros mismos, ni por nuestra sabiduría o inteligencia o piedad, ni por las obras que hayamos realizado en santidad de corazón, sino por la fe, con la cual el todopoderoso Dios ha justificado a todos, desde el principio. A El sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén" (De El primer siglo cristiano, por Ignacio Errandonea S.I. Editorial Escelicer. Carta de san Clemente a los Corintios, págs. 33, 37 y 50.)
Observese que copio de un jesuita

Cuando empezó a debatirse la cuestión de la dignidad de los patriarcas u obispos de las grandes capitales del Imperio, Teodosio II hizo una ley por la cual estableció que el patriarca de Constantinopla tuviese la misma autoridad que el de Roma. Los padres del concilio de Calcedonia colocan a los obispos de la antigua y nueva Roma en la misma categoría en todas las cosas, aun en las eclesiásticas.

El VI concilio de Cartago -siguiendo el pensar de Agustin de Hipona- prohibió a todos los obispos se abrogasen el titulo de obispo de los obispos, u Obispo Soberano.

Ni Teodosio, ni los padres de Calcedonia, ni los de Cartago se hubieran atrevido a atentar contra las prerrogativas del obispo de Roma, si éstas hubiesen sido de origen divino y reconocidas universalmente por la Iglesia desde el principio del cristianismo, en lugar de ser una cuestión de mera dignidad humana, como ellos lo entendieron.

Algunos años más tarde, Nilo, patriarca griego, escribía al obispo de Roma: "Si porque Pedro murió en Roma cuentas como grande la Sede Romana, Jerusalén sería mucho mayor habiéndose verificado allí la muerte vivificadora de nuestro Salvador"
(Aparte no hay la menor prueba de que Pedro muriese en Roma. Este fraude se debe a las llamadas “Falsas “Epístolas seudo Clementinas”)

Otro testimonio digno de interés son las palabras del propio san Gregorio I (Un "Papa" entre 590-604 d.C.) Habiendo querido el patriarca de Constantinopla adornarse con el titulo de "obispo universal", le escribió el de Roma: "Ninguno de mis predecesores ha consentido llevar este título profano, porque cuando un patriarca se abroga a sí mismo el nombre de universal, el título de patriarca sufre descrédito. Lejos está, pues, de los cristianos el deseo de darse un título que cause descrédito a sus hermanos" Y en sus cartas al emperador, dice: "Confiadamente afirmo que cualquiera que se llama Obispo Universal, es precursor del anticristo" Dirigiéndose al patriarca de Alejandría, Eulogio, escribe: "Os ruego que no me deis más este título... yo no deseo distinguirme por títulos, sino por virtudes. Además, no juzgo que sea un honor para mí lo que cause detrimento a la honra de mis hermanos. Mi honor es el de toda la Iglesia. Mi honor consiste en que mis hermanos no sufran en el suyo ningún detrimento. Yo recibo mayor honra cuando no se quita a nadie ningún honor... Déjense las palabras que alimentan la vanidad y hieren la caridad." (Ad Eulogium episcopum Alexandr.; ML 77, 933).
Sea cual fuere el concepto que Gregorio el Grande tuviese acerca del primado de san Pedro y la sucesión apostólica del obispado de Roma, lo cierto es que debería ser bastante diferente del de los papas posteriores, pues ¿en qué sentido juzgaba que el título de obispo universal causaba detrimento a sus hermanos obispos de otras iglesias? Si era un título legítimo, y no una exageración, todos deberían concedérselo, y él mismo aceptarlo sin reparos.

El concilio Vaticano I falsificó, (como mostré anteriormente) estas palabras de Gregorio Magno, tambien a Ireneo de Lyón.
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Continuará

Tobi
31-Jan-2009, 20:25
Una cosa va quedando clara.
Nunca las Iglesias de la catolicidad tuvieron al obispo de Roma como obispo de los obispos y menos aun lo consideraron infalible. En el Con. Vatic. I la mayoria de los teologos se opusieron a la definicion dogmática de esta barbaridad, entre ellos el Cardenal Newman, que se pasó del anglicanismo al romanismo y para no perder privilegios económicos tuvo que tragar la presunta infalibilidad de Pio IX.

Varios papas fueron condenados por aceptar herejías; Vigilio, Honorio. Zosimo y los teólogos romanistas se las ven negras para excuulparles, pero es en vano. A partir de los concilios latenarenses todos lo son.

En cuanto a los ortodoxos tambien se apartaron al aceptar la herejía del culto a las imágenes, condenado por el Decálogo. y aceptado por el IV de Constantinopla.
El canon tercero de dicho concilio reza así:
"Si alguno, pues, no adora la imagen de Cristo Salvador, no vea su forma en su segundo advenimiento. Asimismo honramos y adoramos también la imagen de la Inmaculada Madre suya, y las imágenes de los santos...
Los que no sientan asi, sean anatema. Citado por Dezinger en su Magisterio de la Iglesia pp 171, 172
Barcelona Edt. Herder 1961.

La Reforma luterana (la cual es un proceso de volver a la Sola Escritura como regla doctrinal tanto en el ambito teológico como en el de disciplina cristiana) se va imponiendo a pesar de la aparición de sectas que niegan la "Sola" Escritura.
Estas sectas tienen un denominador común que las emparenta con Roma: la busca de dinero y la de la jerarquía. Todos tienen a su papa o papisa creando una división entre acólitos y jerarcas. Todas hijas de la mayor y más poderosa secta. La Vaticana.

joako
23-Feb-2009, 04:11
estaría bueno que fuese anclado este tema tmb (=

Tobi
25-Feb-2009, 21:36
XI Entrega.-

Los Concilios llamados Ecuménicos.

1º.- Concilio de Nicea. (325)

2º.- Primer Concilio de Constantinopla. (381)

3º.- Concilio de Éfeso. (431)

4º.- Concilio de Calcedonia. (451)

5º.- Segundo Concilio de Constantinopla. (553)

6º.- Tercer Concilio de Constantinopla. (680─681)

7º.- Segundo Concilio de Nicea. (787)

8º.- Cuarto Concilio de Constantinopla. (869)

Ni uno solo de estos concilios fue convocado por el obispo de Roma.
Tampoco en ninguno de ellos hay detalles de una intervención de Roma que fuese decisiva al respecto.
Pero si las hay que son decisivas en su contra. En el Primero de Constantinopla se determina que su Sede Patriarcal obtuviese el Primado de Honor por ser la “Nuevo Roma” como capital del Imperio. Lo cual fue ratificado por el concilio de Calcedonia. El hecho de que el papa León I lo rechazara no cambia ni un ápice la validez de la resolución conciliar, en cuanto que todo el mundo aceptaba que los concilios ecuménicos estaban por encima de toda dignidad eclesiástica. Es más, la llamada cristiandad se habituó a considerar a los concilios ecuménicos como estando poseídos de tanta autoridad como las mismas Escrituras. A partir del siglo V, y sobre todo a principios del VI, tal identificación domina la opinión del mundo eclesiástico. El papa Gregorio Magno, según el historiador Migne, llegó a decir:
“Confieso que venero y recibo los cuatro Concilios como recibo y venero los cuatro libros del evangelio”

Después de estas palabras, ¿alguien puede considerar que los papas estaban por encima de los concilios ecuménicos?
La verdad es que de la lista de los primeros sínodos generales
─o ecuménicos─ los cuatro primeros, Nicea, Constantinopla, Éfeso y Calcedonia, destacan con vigor propio y llegan a alcanzar un valor de criterio sagrado, igual que las Escrituras. Y de estos cuatro, Nicea es el concilio por antonomasia.

Tales conceptos son la culminación del sistema episcopal antiguo. Al mismo tiempo contrastan con los futuros planes del papado romano. Porque, en realidad, el sistema conciliar episcopal desmiente categóricamente las pretensiones romanistas.

Según el Derecho Canónico de la Iglesia romana, para que un concilio se legítimamente ecuménico se requieren tres condiciones: la primera es que el concilio sea convocado por el papa; la segunda, que sea presido por él mismo o por un representante suyo, y la tercera, que sea confirmado por la misma autoridad del romano pontífice.

Sin embargo, únicamente los ocho concilios papales de la Edad Media (del I de Letran al de Vienne y el V Lateranense) el de Trento, Vaticano I y Vaticano II reúnen estas condiciones. Mas, estos son precisamente los concilios que sólo la Iglesia romana tiene por válidos, pues ningún otro grupo de la Cristiandad los reconoce.

En cambio, los siete primeros concilios ecuménicos que conoce la Historia, fueron presididos y reconocidos sin la intervención directa ni indirecta de los papas.

El III concilio de Constantinopla no tuvo reparos en condenar por nombre, y sin vacilaciones, al papa de Roma Honorio por “seguir como propias las opiniones heréticas del monotelismo” Su nombre fue quitado de las listas de obispos y también de las liturgias. Y sus inmediatos seguidores también le anatematizaron. ¿Hubiese sido posible si los papas romanos hubiesen sido considerados como superiores a los concilios? Y no hablemos de la infalibilidad. ¿El infalible Honorio condenado por los infalibles que le sucedieron?

Seguirá para considerar el cómo eran elegidos los obispos de Roma.

Tobi
25-Feb-2009, 21:41
XII. Entrega

La Elección de los Obispos de Roma

Si un habitante de la Roma de los siglos tercero y cuarto hubiera asistido a la investidura como papa en el Vaticano a Pacelli, Roncalli, Wojtyla y Ratzinger seguro que habría dicho.

“Así que nuestros dioses greco─romanos acabaron triunfando sobre el cristianismo“. Este con sus ornamentos no puede ser otro que el Pontifex Máximus de Zeus, Padre de los dioses.

Ciertos apologetas católicos (bien lo de apologetas es un decir pues que más bien lo son de Apolos y con mucha jeta) defienden la ilusión de que la iglesia romana siempre había sido tal como se presenta actualmente, salvadas ciertas pequeñeces de detalle y forma, pero que el obispo de Roma ha sido siempre no sólo obispo de una “diócesis (como cualquier otro obispo católico), sino Cabeza visible de la Iglesia Universal y Pontífice, obispo de los obispos de todo el orbe”, en su calidad de supuesto Vicario de Cristo. Así, se intenta hacer creer que las tradiciones romanas se remontan a la antigüedad apostólica y son, por lo tanto, garantía de verdad y de auténtica Iglesia. Solo hay que leer las aportaciones de los apolosjetas romanistas que pululan en este foro para darse cuenta de ello.

Pero esto no resiste la más ligera investigación científica. Cualquier historiador serio sabe que Roma ha cambiado constantemente y que las doctrinas y prácticas papales son comparativamente muy tardías y fueron ignoradas durante casi un milenio. Por ejemplo en la elección de los papas se comprueba de una manera total la ignorancia de aquellos que presentan a cada nuevo pontífice como el sucesor de una cadena formada por eslabones sólidos, que se remonta diáfana hasta el primer siglo.

I.- Lo primero que encontramos en la elección de los antiguos obispos romanos es que no hubo intervención de los cardenales, por la simple razón de que estos no existían. Este “oficio” de cardenal, según el historiador Döllinger, se invento casi mil años después de C. y por su supuesto no hay ni una sola base en la tradición apostólica que la sustente. El Nuevo Testamento lo ignora completamente… y con él los primeros siglos de la iglesia…, el cargo de cardenal.

II.- En la elección de los antiguos obispos romanos tampoco intervenía ninguna representación de la Iglesia universal. Su elección solo tenía que ver con su ciudad y la iglesia que allí estaba. Nada más.

III.- Los obispos romanos eran elegidos exactamente igual que los demás obispos de la antigua Iglesia, es decir, con la participación del pueblo fiel de la ciudad (laicos) y “el clero” de la misma.

De estos tres puntos se desprende que el obispo de Roma era exactamente igual que el resto de obispos de las restantes ciudades de la cristiandad.

El prestigioso historiador Ignaz von Döllinger en su conocida obra
“El Papa y el Concilio” III, V. pp. 206 y ss afirma:
“Tenemos escritos y afirmaciones referentes a la jerarquía eclesiástica en la Iglesia y en ninguno de estos escritos de aquellos primeros siglos aparece la dignidad papal, ni se menciona nada parecido que pudiera existir en la Iglesia. En los escritos del Pseudo─Dionisio Areopagita, compuestos a finales del siglo V, y relacionados con la jerarquía, se menciona solamente a obispos, presbíteros y diáconos. Igualmente, Isidoro de Sevilla, el famoso teólogo español, en el año 631 menciona todos los grados eclesiásticos existentes en aquel entonces y los divide en cuatro grupos: patriarcas, arzobispos, metropolitanos y obispos. Graciano, canonista italiano del siglo XII, incorporó esta lista en su célebre obra titulada •”Decretos”, vale decir 500 años más tarde que Isidoro de Sevilla, y tiene que haberle llamado la atención que el oficio de Papa no estuviera incluido. Todavía Beato, abad español, proporciona la misma lista de Isidoro en el año 780. Beato tampoco sabe nada de una dignidad más elevada en la iglesia que la de patriarca.

Si ahora nos vamos al Nuevo Testamento, cuando el apóstol Pablo enumera los ministerios de la iglesia cristiana, tampoco hace mención del papado (1. Cor. 12:28; Efes. 4:11) Este fue un “olvido imperdonable” si el papa es realmente la piedra angular del edificio eclesiástico.

¿Dónde estaba, pues, el Papa en la iglesia antigua? La respuesta de la historia es: Al principio se les llamaba Papa (padre) a todos los obispos por un igual. Poco más tarde a los mismos presbíteros de aldea. A partir del siglo VI fue cuando comenzó a usarse para designar al obispo de Roma. Y, finalmente, Gregorio VII, en 1076, lo exigió exclusivamente para él y sus sucesores, añadiéndole el prefijo de “santo”. (A tenor de los que le precedieron en la época llamada “La Cautividad Babilónica de la Iglesia y la del “Reinado de las Rameras” el título les vino de perillas)
La palabra “papa” es de origen griego, no latino. Y fue en Alejandría, no en Roma, en donde primeramente se llamó “pope” (es decir, “papa”) al obispo. En oriente y entre los ortodoxos, dicho nombre sirve hoy para designar a todos los sacerdotes. (“popes”)
Continuará.

Tobi
25-Feb-2009, 21:46
XIII. Entrega

La Elección de los Obispos de Roma
2ª Parte

Esta parte se basa “La Historia de los Papas” de Saba─Castiglioni ─autores católicos─ los cuales nos informan de cómo fueron elegidos obispos de Roma y que hoy son considerados como papas. Tomemos, a guisa de ejemplo, los casos de Dámaso y su sucesor Silicio (siglo IV). Claro que hay que tener en cuenta que en el siglo cuarto el “pueblo fiel” (elector tradicional) ya no era únicamente compuesto por los creyentes sinceros y realmente convertidos a Cristo, agrupados en la membresía de la Iglesia. Después de la paz de Constantino, al poco y bajo el mandato de Teodosio en que la religión cristiana pasó a ser el credo oficial del Imperio, todos los súbditos del emperador fueron considerados como cristianos y por consiguiente, en las elecciones eclesiásticas y también en todas las demás cuestione religiosas.
En la mente de todo el pueblo estaba el recuerdo de las persecuciones que sufrieron los cristianos por parte de los emperadores y era lógico temer que ahora los perseguidos serían aquellos que no aceptaran el ser cristianos. Así, una gran masa de gente se “hicieron” cristianos de nombre. Sin duda fue el primer paso de una constante que dominaría al cristianismo hasta hoy, el “nominalismo” al que le podemos añadir la actual secularización.
Vayamos, pues, a los historiadores Saba─Castiglioni los cuales escribieron en su “Del “liber Pontificales” la siguiente información relativa al papa Dámaso:
Cita:
“Dámaso, español, hijo de Antonio, reinó durante 18 años, dos meses y diez días. Una facción rival eligió simultáneamente papa al diácono Ursino. Reunidos en consejo, los sacerdotes confirmaron la elección de Dámaso, hecha por la inmensa mayoría del clero “Muerto Dámaso fue elegido para sucederle en el solio pontificio un antiguo diácono de Liberio, por nombre Sírico. También este nombramiento estuvo acompañado de tumultos callejeros y de oposición, ya que los partidarios de Ursino seguían perturbando la paz y la tranquilidad de Roma. Siríaco era romano e hijo de Tiburcio. Se conserva una carta de Valentiniano II dirigida al prefecto Piniano, en la que da noticia de la subida al solio pontificio de nuestro papa: “Te saludo, carísimo Piniano. Que el pueblo de la ciudad eterna esté de acuerdo y elija un óptimo sacerdote, lo juzgamos un acto digno del pueblo romano y nos alegramos que haya ocurrido en nuestros tiempos. Así, pues, del mismo modo que quisieron que el piadoso Siríaco, obispo de gran virtud, presidiese el sacerdocio mientras otros aclamaban al ímprobo Ursino, así también con nuestro beneplácito y gozo queremos que permanezca Siríaco en su puesto de obispo. ¡OH carísimo y suavísimo Pintano! Es seguramente señal grande de inocencia y probidad y de los fieles. Ursino, más tarde obispo de Nápoles, fue expulsado de Roma, quedando allí Dámaso dueño y señor. el que Siríaco haya sido elegido por aclamación y sido rechazados los otros.
(Saba─Castiglioni, “Historia de los Papas. Barcelona, 1951, Vol. I. pp 76 y 83.
Vemos con claridad y de mano de historiadores católicos que los dos elementos que intervienen en la elección de todos los obispos de la cristiandad eran el clero y el pueblo de la ciudad episcopal. Durante siglos esto fue así incluyendo a los obispos de Roma. Y al igual que en los demás obispados, pronto también en Roma por “clero” se pasará a entender únicamente el llamado “alto Clero” (y no ya a todos los presbíteros como antaño), y por “pueblo” se aludirá solamente a la nobleza. Así, la elección de los obispos queda en manos de los dirigentes jerárquicos que controlan el poder cívico y religioso. Una trayectoria que conducirá al cesareo─papismo y que acabará triunfando en Oriente. La reacción Occidental desembocará en el Papado.

A partir del siglo V y con el emperador Teodosio, todos los emperadores llegaron a considerar válidas únicamente las elecciones de obispos que ellos aprobaran y ratificaban con su autoridad. Más tarde, cuando el obispo de Roma se alió con los francos (época que llegó a su apogeo con Carlomagno), consiguió la fuerza que necesitaba apara obrar independientemente tanto del emperador de Constantinopla como de las iglesias de Oriente (que se oponían a cualquier intento por parte del obispo de Roma ─o cualquier otro─ de hacerse superior a los demás, como Pontífice supremo), obteniendo con ello una relativa libertad y prominencia con respecto a las demás iglesias. Pero también fue la causa de que durante siglos se viese enzarzada en luchas interminables, intrigas y maniobras políticas de toda clase con reyes francos y con la nobleza de la ciudad de Roma. Todos los estamentos de la sociedad deseaban controlar y dominar al obispo de la ciudad eterna (nombre que le viene de la época pagana), cuya hegemonía religiosa y política iba en aumento y presagiaba el absolutismo papal de Hildebrando y el papado de Inocencio III. De aquel tiempo datan las vastas posesiones territoriales que fue adquiriendo el pontificado romano, los llamados “Estados temporales de la Iglesia” conservados hasta el siglo XIX.
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¿Semejante iglesia, fundada por Cristo?

Continuará

Tobi
23-Mar-2009, 13:32
XIV.- Entrega

La Elección de los Obispos de Roma

3ª.- Parte

La intervención Imperial en las Elecciones Papales.

A principios del siglo IX, la elección de los papas romanos (al igual que la de los papas de las demás ciudades) era todavía hecha por el clero y la nobleza romana, pero condicionada a la ratificación de los emperadores franco─germanos. Después de la elección del papa Sergio II (844─847) y cuando se procedió a su consagración sin esperar el consentimiento imperial “Lotario creyó violados sus derechos por lo cual ordenó a su hijo Luís que fuera a Roma con sus ejércitos” El sucesor de Sergio, León IV, también fue elegido y consagrado antes de recibir la venia imperial, debido a la necesidad de apresurar los trámites ante la amenaza de invasión que se cernía sobre los Estados temporales de la iglesia romana, pero para obrar así los electores tuvieron que presentar una respetuosa explicación al emperador declarando textualmente que habían actuado de aquella manera por necesidad, pero sin ánimo de menosprecio del poder y honor imperiales” (Sigo citando a Saba─Castiglioni. Ibid. P. 375)

La presencia de delegados imperiales en las elecciones pontificias se impone como obligatoria en el sínodo romano del año 898, en su canon décimo (Ibid 482) La intervención imperial fue afianzándose en tiempos de Otón, quien no vaciló en deponer al papa Juan XII y después a Benedicto V, colocando en su lugar primeramente a un antipapa León VIII, y luego al tenido por papa legítimo Juan XIII (Ibid pp.454─461) Benedicto VI (972─974) tuvo que aplazar más de cuatro meses su consagración “en espera de la confirmación imperial” (Ibd. P. 464). Asesinado por la nobleza romana, que no perdonaba su origen germánico a Benedicto VII (974─983), nombrado directamente por Otón II (Ibid. P. 466.)

En pleno siglo XI, el emperador Enrique II lleva el pontificado al capellán de su corte con el nombre de Clemente II (1046─1047), segundo papa alemán envenenado también pos la nobleza romana. (Ibd. P. 498)

No fue hasta Nicolás II (1058─1061) que proclamó, en el sínodo romano de abril de 1059, el célebre decreto por el que se fijaba la elección de los papas, confiándola al colegio de cardenales y arrancándola del poder temporal, si bien precisando todavía la confirmación imperial. Pero tuvieron que pasar muchos años y sostener muchas luchas antes de que pudieran ponerse en práctica tales decretos, que encontraron una fuerte oposición y que fueron distorsionados (como tantos otros documentos de la Edad Media), hasta el punto que resulta difícil precisar el verdadero alcance y sentido original que tuvieron en la mente de Nicolás II y su sínodo.

En sus inicios el colegio cardenalicio estaba compuesto por el clero de la catedral de Roma y siete obispos de la diócesis metropolitana. El oficio de cardenal, tal como lo conocemos hoy, empezó a pergeñarse precisamente a partir del siglo XI, cuando la iglesia romana lucha y obtiene la hegemonía sobre las demás iglesias de Occidente (Prof. Kurtz “Historia de la Iglesia Cristiana. Vol. I. p. 379)
La intervención imperial fue efectiva cuando dicho imperio era potente, pero cuando pasaba épocas de crisis la nobleza romana intrigaba constantemente en la corte pontificia y substituía con la suya la intervención imperial.

Visto todo esto ─y lo que seguirá─ cualquiera que tenga un mínimo de razonamiento no puede dejar de preguntarse: ¿Quién estaba por encima de quien? ¿Los papas? ¿Los concilios? ¿Los emperadores?
Es evidente, siguiendo rigurosamente la Historia, que tanto los Emperadores como los concilios estaban por encima de los papas.
Primero su consagración dependía de los emperadores y cuando desearon sacárselo de encima recurrieron al sínodo del 1059. Luego la validez de una consagración papal dependía del acatamiento, tanto por parte del papa como del emperador, de dicho sínodo.

Tobi
23-Mar-2009, 13:43
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XV Entrega

La Elección de los Obispos de Roma

4ª Parte

La nobleza romana y la elección pontificia.

Según el testimonio de los historiadores del papado, no hay dudas respecto a que la intervención de la nobleza romana fue mucho más nefasta que la de muchos emperadores germanos. Fue ella la que dio origen a lo que se conoce en la Historia como la “edad de Hierro del Pontificado, que abarca los siglos IX y X y de la cual Baronio escribió: “¡Cuánta indignidad, locura y deformidad; cuán execrables y abominables cosas tuvo que sufrir la sagrada Sede Apostólica!”
Claro que hay que tener en cuenta que Baronio se equivocó en algo fundamental: que dicha Sede fuese Apostólica y menos aún sagrada.

Varios partidos y famitas romanas dominaron alternativamente el Papado y trataron de nombrar pontífices de entre sus protegidos y familiares (1) Un ejemplo de cómo la lucha entre las facciones rivales de la nobleza romana nos la ofrece el caso del papa Formoso (891─896) ultrajado aún después de su muerte por sus enemigos. (2)

En el año 898, Juan IX convocó un sínodo romano que estableció inequívocamente que la consagración pontificia debería tener lugar necesariamente en presencia de los legados imperiales (3)

No él como papa, sino un sínodo. Luego ¿quién estaba por encima, el papa o el Sínodo?

No fue hasta el siglo XII, en el Tercer concilio de Letran que se estableció la validez de la elección papal sobre la base de los votos de los dos tercios de los cardenales. Las distintas normas para la celebración de un cónclave datan del Segundo concilio de Lyon, normas que han sufrido muchos retoques desde entonces. Hasta los últimos papas ─Pio XII, Juan XXIII y J.P.II─ añadieron modificaciones a las mismas.

Según el historiador católico H. Jedín, las normas del nuevo procedimiento de elección papal aprobadas por el Segundo de Lyón eran copia de las que seguían en las elecciones de magistrados de algunas ciudades italianas. (4)

La intervención de los poderes seculares en las elecciones pontificias no acabó el siglo XIII, ni mucho menos. A la que podríamos llamar “edad de oro del papado”, bajo la égida de Inocencio III, sigue el período de mayor debilitamiento del pontificado romano que culmina con el traslado del papa a Avignon, Francia. Esto determina el aumento de cardenales franceses y el control de la elección de los papas por la monarquía francesa.

A partir del cisma de Occidente (tema de este epígrafe) que vio tanta proliferación de papas y antipapas, las injerencias de los monarcas tomaron un cariz más diplomático y sutil. Pero siguieron, más que nunca, a la orden del día. Los reyes se atribuyeron el derecho llamado “veto” o “exclusiva”, en las elecciones pontificias. En el siglo XIV, la “exclusiva”, en las elecciones por los grupos de cardenales representantes de sus respectivos países los cuales procuraban reunir los votos de los demás cardenales para nombrar al candidato favorito de sus monarcas. Estos grupos eran denominados “facciones de la corona” y cada uno de ellos tenía incluso su propio presidente “cardenal de la corona”. En el siglo XVI, los reyes de España conciben la “inclusiva”, consistente en proponer al colegio de cardenales electores una lista de candidatos favoritos para que de entre ellos se eligiera al papa. A comienzos del XVIII, las dinastías de Austria, Francia y España ejercen su “veto” a los candidatos no gratos, por medio del “cardenal de la corona”. Este “veto” estaba sujeto a unas normas reconocidas sólo implícitamente: para su eficacia debía ser ejercido antes de que el candidato, o candidatos, vetados hubieran conseguido los dos tercios de los votos. Podría poner muchos ejemplos, pero recordaremos las intervenciones que el Imperio Austro─Húngaro, en contra del cardenal Severoli, que ejerció en el conclave del 1823, y las del año 1903 en contra del cardenal Rampolla del Tíndaro. España ejerció el “veto” en los conclaves de 1829 y 1830 en contra del que había sino nuncio en Madrid, cardenal Giustiniani.

Y más recientemente. En el triste periodo del Nacional─Catolicismo en España, al Dictador General Franco el Concordato con el Vaticano le faculto para presentar una terna de candidatos al obispado cuando había una Sede vacante.

(1) Saba─Castiglioni, Op, cit. P. 430
(2) “ “ “ “ p. 423─431
(3) “ “ “ “ p 428
(4) H. Jedín. “Breve Historia de los Concilios”. P 67