Renia Spiegel, la Ana Frank polaca: adolescente, poeta y autora de otro diario

Durante muchas décadas, permanecieron escondidos los texto de Renia Spiegel, quien fue asesinada a tiros por los nazis en 1942, cuando contaba con 18 años.

Elizabeth Bellak, antes Arianka Spiegel, no ha sido capaz de leer el diario de su hermana Renia en su totalidad. El dolor que siente hoy al sumergirse en ciertos pasajes sigue siendo demasiado agudo. Demasiado intenso. «Yo sólo he leído algunos fragmentos», cuenta al otro lado del teléfono. «Mi madre tampoco llegó a leerlo entero. Era muy duro para ella». Fue la hija de Elizabeth, Alexandra, quien quiso sacar esas 700 páginas del olvido de la caja fuerte donde permanecieron encerradas durante largas décadas y traducirlas al inglés. Ahora, este «tesoro de la guerra», como lo define Elizabeth, sale a la luz el 19 de septiembre como ‘El diario de Renia Spiegel. El testimonio de una joven en tiempos del Holocausto’ (Plaza & Janés).

‘El diario de Renia Spiegel’

«He experimentado muy poco en esta vida; nada. No quiero morir. La muerte me da miedo. Todo es estúpido, nimio, pequeño e insignificante, mucho… Hoy me preocupa ser fea; mañana quizá deje de pensar para siempre. Sí, sí, la guerra es terrible, salvaje, sangrienta. Siento que ahora soy así por su culpa».

«Piénsalo, lo que quedó en unos libros viejos y amarillentos, en pergaminos de vitela recubiertos de escritura; lo que estaba vivo en las leyendas y aprendíamos sorprendidos en la escuela: todo eso se ha hecho realidad. La realidad más real de todas. Y es aterradora. Nos da miedo que vayan a deportarnos».

Renia y su novio Zygmunt se besaron por primera vez el 20 de junio de 1941. Por aquel entonces, las redadas y los registros ya formaban parte de la estremecedora cotidianidad de esa Polonia que tanto tiempo tardó en volver a reconocerse. La misma cotidianidad que Renia plasmó en su diario en prosa y también en verso:

«Nos fuimos de la ciudad/ como fugitivos:/ solos, en la noche oscura y silenciosa./ Con el sonido de las casas al caer/ nos dijo adiós la ciudad, la oscuridad sobre nosotros./ La misericordia de los buenos,/ el abrazo de una madre en la distancia,/ que ellos sean nuestra guía,/ nuestro consuelo, nuestro auxilio./ Y así superaremos/ las piedras del camino,/ hasta que rompa el alba y salga el sol,/ seremos fugitivos solitarios,/ fugitivos por todos desertados».

Las páginas que al principio rellenaban clases de latín, tardes de cine y concursos de poemas de la escuela, en los que Renia siempre destacaba, acabaron siendo ocupadas por lamentos y plegarias. «Lo que tanto temíamos ha terminado por llegar. El gueto. Los avisos han salido hoy. Quizá nos quedemos aquí o quizá no», escribió Renia poco tiempo después de aquel primer beso. «Desde las ocho de hoy estamos encerrados en el gueto. Ahora vivo aquí. El mundo está aislado de mí y yo estoy aislada del mundo. Los días son terribles y las noches no son mejores. El gueto está rodeado de alambre de espino, con guardias que vigilan las puertas. Salir sin permiso se castiga con la pena de muerte».

Lo que vino a continuación fue aún peor. Pese a los esfuerzos de Zygmunt por mantener a salvo a su novia y a sus propios padres, sus intentos fracasaron el mismo día que un chivatazo puso a los alemanes sobre la pista de tres judíos que permanecían escondidos en el ático de una vivienda. Tres balas disparadas al anochecer acabaron con las tres personas a las que él más quería. Renia acababa de cumplir 18 años. «Daría cualquier cosa por recordar que le dije lo mucho que la quería antes de separarnos», asegura Elizabeth, que logró escapar del gueto poco tiempo antes gracias a la ayuda de Zygmunt y reunirse con una amiga de la escuela que la escondió en su casa.

Sí recuerda con nitidez la despedida de sus abuelos, con quienes ella y Renia pasaban largas temporadas. «Estaban intentando ser valientes mientras Zygmunt les decía con gestos que era hora de que yo me fuera, que se nos estaba acabando el tiempo», relata Elizabeth en algunas de las notas que acompañan al diario. «Mi abuela, a la que yo tanto quería, se dio la vuelta y se tapó la cara con las manos. Mi abuelo se arrodilló, me cogió de los hombros con suavidad y me miró a los ojos. Entonces me tendió una cajita de colores. Era como esas fiambreras perfectas para llevar la comida, como si yo fuese una niña pequeña a punto de ir sola a la escuela por primera vez y no alguien a punto de huir para salvar la vida. He pegado dentro veinte monedas de oro -me dijo-. Es todo lo que tengo. Vayas a donde vayas, podrás venderlas para conseguir algo de dinero». No volvió a verlos. «Nunca supe qué les pasó, pero estoy segura de que terminaron en una fosa común. Simplemente, eran demasiado viejos para que los nazis los quisieran en un campo».

Por los recuerdos que atesora de los años posteriores Elizabeth pasea ahora con sigilo, casi de puntillas. El reencuentro con su madre en Varsovia, la segunda identidad que ambas se vieron obligadas a adoptar para escapar y poner rumbo a Estados Unidos y el miedo que no lograron sacudirse del cuerpo hasta mucho tiempo después hoy han quedado envueltos en una densa neblina. Tras conseguir documentos con sus nuevos nombres, fue bautizada por el mismo sacerdote que bautizó también a su madre. «Esta es mi nueva vida. Estoy en América, soy católica y me llamo Elizabeth», se repetía a sí misma con recurrencia.

Allí, la vida continuaba. «Nunca olvidaré la primera vez que vi a los soldados estadounidenses», relata. «Me gustaron desde el primer momento, pero había algo en ellos que me resultaba extraño. -¿Qué les pasa?- le pregunté a mi madre-. Se les mueve la boca, ¡pero no hablan! Ella se echó a reír. -Están mascando chicle- respondió. Yo era una refugiada adolescente que casi no sobrevive al Holocausto y nunca había visto un chicle, por no hablar de probarlo».

Fue también en Estados Unidos donde, a comienzos de la década de los años 50, se produjo un encuentro al que hoy regresa sin apenas esfuerzo, como si el tiempo se hubiera detenido en ese mismo instante para darle la oportunidad de atesorarlo para siempre en su memoria. El mismo Zygmunt que ayudó a que escapara del gueto y que, acto seguido, fue enviado a Auschwitz a realizar trabajos forzados, se presentó ante ella y su madre en Nueva York convertido en médico, tal y como siempre había querido. «Tengo algo para vosotras», dijo. En la mano llevaba una gruesa libreta de líneas azules en la mano. Hasta ese momento, ni Elizabeth ni su madre habían sabido de la existencia del diario de Renia.

«Pasé años intentando olvidar que yo era la niña que había conseguido salir con vida de Polonia, mientras que su hermana no. Esa es la razón por la que, cuando mi madre murió de cáncer el 23 de noviembre de 1969, solo unos meses antes de que naciera mi hija Alexandra, guardé el diario en una caja fuerte», prosigue Elizabeth. «Hasta que mis hijos no empezaron a hacer preguntas, no les conté la verdad. Soy judía -les confesé- y es hora de que os cuente mi historia. Creo que estáis preparados para escucharla».

Extraído integramente de: elmundo.es

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